
Hay mundos enteros que nunca nadie ha visto, mundos tan elaborados como la Tierra Media de Tolkien, con sus geografías propias, sus personajes, sus dramas y sus finales que nunca llegan. Yo los habitaba a diario. Todo comenzaba con algo diminuto, real: una conversación, un mensaje, una mirada. Y a partir de ese grano de arena, mi mente construía castillos durante horas, días, a veces semanas. Reía sola. Lloraba sola. Sufría por cosas que no habían ocurrido y que probablemente nunca ocurrirían.
Estos pensamientos intrusivos han sido mis compañeros de toda la vida. Y durante casi veinte años de terapia, los oculté.
A los 19 empecé a ir al psicólogo. Cambié de terapeuta varias veces. A ninguna le conté esto, hasta que por fin, rondando ya los cuarenta, se lo conté a mi terapeuta actual. Pero incluso entonces, me guardé un trocito. Por vergüenza. La verdad desnuda seguía siendo demasiado pesada para pronunciarla en voz alta.
La mentira cómoda: «no pasa nada»
Durante todo ese tiempo me repetí la misma historia: no pasa nada por tener estos pensamientos. Y en parte era cierto; tener pensamientos fantasiosos no es en sí mismo el problema. Pero la mentira no estaba en tenerlos, sino en negarme a ver que no podía controlarlos.
Mi cabeza estaba entrenada para vivir allí, en esas divagaciones. Meditar se convertía en una tortura porque cada vez que intentaba aquietar la mente, el universo de ficción se activaba con más fuerza. Perdía tiempo del día. Perdía presencia. Y mi negativa a admitir que eso era un problema limitó durante años mi crecimiento personal y espiritual.
Esta es la trampa de la mentira cómoda: no duele al principio. Te protege. Pero con el tiempo construye muros exactamente donde necesitabas puertas.
El día que lo dije en voz alta
Hace dos semanas lo dije. La verdad completa, sin adornos, a otra persona. Me dio miedo. El corazón se acelera de una manera muy particular cuando estás a punto de mostrar algo que has escondido durante décadas.
Y entonces ocurrieron dos cosas que no esperaba.
Primero, la vergüenza desapareció. No se redujo: desapareció. Como si el secreto solo tuviera poder mientras permanecía en la oscuridad. Segundo, pude ver por primera vez lo absurdo de mi apego a ese hábito. Los pensamientos siguen ahí, no voy a mentir. Pero ahora los veo desde un poco más lejos. Hay espacio entre ellos y yo. Y ese espacio es donde empieza el trabajo real.
La veracidad con los demás: las mentiras «blancas» que nos cuestan caro
Esto que me pasó conmigo misma no es tan distinto de lo que hacemos con los demás. Piensa en las últimas veces que dijiste una mentira blanca, que omitiste información para evitar una confrontación, que te moldeaste a ti mismo para encajar en un grupo. ¿Te hizo bien? ¿Era necesario evitar esa confrontación? ¿Es indispensable agradar a todos con quienes te cruzas, a costa de tu propia autenticidad?
Yo he caído en estas trampas muchas veces. Pero cuando las he evitado, cuando he expresado lo que pienso desde el respeto y la no violencia pero con autenticidad, es ahí donde he ganado las amistades más valiosas que tengo.
Satya, la veracidad, no es brutalidad. No es soltar la verdad sin mirar a quién le cae. Es hablar con honestidad y con cuidado. Las dos cosas a la vez. Esa tensión es donde vive la autenticidad real.
La compasión de la no violencia impide que la veracidad se convierta en un arma.
Deborah Adele
La veracidad conmigo misma como base de la confianza propia
Hay algo más que he descubierto en este proceso: vivir con veracidad hacia mí misma me da una confianza muy particular. No la confianza de quien cree que nunca va a equivocarse, sino la de quien sabe que no será él mismo quien se traicione.
Si soy honesto conmigo sobre mis hábitos, mis miedos, mis patrones, entonces puedo confiar en que cuando me hago una promesa, la cumpliré. Porque no me estoy mintiendo sobre el punto de partida. Y eso, que parece pequeño, lo cambia todo.
Antes de seguir con el día
Te invito a sentarte con estas tres preguntas. No hay respuestas correctas. Solo hay las tuyas.
- ¿Hay algo que te estás diciendo a ti mismo que «no pasa nada»? ¿Está limitando tu crecimiento o tu bienestar?
- ¿Hay una verdad que llevas tiempo guardando, contada a medias o no contada en absoluto? ¿que pasaría si finalmente la dijeras en voz alta?
- ¿Puedes identificar una relación en tu vida en la que no estás siendo honesto? Contigo o con otros

Dar una Respuesta