
Cuando escuchamos la palabra «robar», casi automáticamente pensamos en manos que toman lo que no es suyo. Pero ¿y si te dijera que probablemente robas varias veces al día, sin saberlo, y que la persona más afectada muchas veces eres tú misma?
¿Qué es Asteya?
Asteya es el tercer Yama dentro de la tradición del yoga descrita por Patanjali. Los Yamas son principios éticos que guían cómo nos relacionamos con el mundo, y Asteya se traduce como «no robar». Suena sencillo, ¿verdad? Pero cuando empiezas a rascar la superficie, te das cuenta de que el robo tiene muchas más caras de las que imaginamos
El tiempo: el bien más robado
Cuando alguien llega tarde a una cita sin avisar, nos sentimos molestas. Es lógico. Pero ¿cuántas veces somos nosotras las que le robamos tiempo a otros al no cumplir nuestra palabra en un plazo o un compromiso que acordamos?
Y ojo, porque esto también aplica para adentro. Yo me robo tiempo a mí misma constantemente. A veces con el teléfono, perdida en el scroll sin fin. Otras veces, y esto me pasa mucho, viajando a mis mundos de fantasía, esos escapes mentales tan cómodos como improductivos. El tiempo que se va ahí no vuelve, y es tiempo que le estoy quitando a lo que realmente importa.
¿Eres una ladrona de atención?
Esta me costó reconocerla. Cuántas veces alguien me comparte algo importante, una experiencia, una emoción, y yo, en lugar de quedarme ahí presente con esa persona, encuentro el momento para hablar de mí. Para traer la conversación a mi terreno, a mi experiencia similar, a lo que a mí me pasó.
La verdad es que lo que yo viví ya lo conozco. Lo que el otro está viviendo es nuevo para mí. ¿No sería más valioso, para las dos, quedarme ahí, escuchar de verdad, interesarme genuinamente? Escuchar bien es un regalo. Interrumpir con «a mí también me pasó algo así…» muchas veces es robarle el espacio al otro.
Le robamos al planeta, le robamos al futuro
Este es quizás el robo más colectivo y también el más incómodo de mirar. Consumimos recursos como si fueran infinitos, y devolvemos muy poco que sea útil o renovable. Y ese robo no se lo hacemos solo al planeta de hoy: se lo hacemos a las generaciones que van a habitar este mundo después de nosotras. Están pagando una deuda que nosotras estamos generando. Eso es una forma de robo intergeneracional, y merece que lo nombremos así.
El más silencioso: robarte tu propia felicidad
Este me parece el más sutil y el más dañino. Cuando pongo mis ojos en lo que tiene la persona de al lado, en sus logros, en su cuerpo, en su relación, en sus viajes, inevitablemente empiezo a comparar. Y esa comparación me roba algo muy concreto: el disfrute de lo que yo tengo.
Perseguir metas que en realidad son las metas de otro me roba tiempo y energía que podría estar invirtiendo en descubrir las mías propias. Antes de que sigas corriendo detrás de ese objetivo, vale la pena preguntarte: ¿esto lo quiero yo, o lo quiero porque lo espera alguien más? ¿Porque mi amiga lo hizo y le fue bien? ¿Porque mis padres siempre lo imaginaron para mí?
La clave está en que cuando miramos hacia afuera de forma constante, dejamos de mirar hacia adentro. Y adentro es donde está lo nuestro, lo que realmente somos y lo que realmente necesitamos.
Una invitación a mirarte
Asteya no es solo una norma ética antigua. Es una invitación a hacer una auditoría honesta de cómo nos relacionamos con el tiempo, la atención, los recursos y los deseos, los propios y los ajenos.
Te dejo con estas preguntas para explorar esta semana, sin prisa, sin juicio:
¿En qué áreas de tu vida estás tomando más de lo que das, ya sea tiempo, atención o recursos?
Haz un listado de tus tres objetivos más importantes del momento. ¿Dónde nació la idea de cada uno? ¿Es algo que surgió de la exploración de lo que te gusta hacer o viene de observar lo que otros están haciendo en sus vidas?

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