
Si llevas un tiempo siguiéndome por aquí, habrás notado que durante los últimos meses he dedicado buena parte de mis publicaciones a hablar de los yamas del yoga. Fui presentándolos poco a poco, uno por uno, y quizás en algún momento te preguntaste: ¿pero qué son exactamente los yamas como concepto global?
Es una pregunta justa, y confieso que la dejé sin responder a propósito.
Decidí empezar por cada yama de forma individual antes de dar una definición del conjunto porque creo que funciona mejor así. Cada yama es, en sí mismo, un mundo. Tiene su propia textura, su propia profundidad, sus propias implicaciones en la vida cotidiana. Si hubiéramos comenzado con «los yamas son los principios éticos del yoga» y punto, lo más probable es que esa definición se hubiera quedado flotando, abstracta, sin mucho dónde agarrarse.
En cambio, cuando te acercas primero a cada uno —cuando reconoces algo de ti en ahimsa, o cuando satya te hace pensar en cómo te hablas a ti misma— el concepto global cobra otro sentido. Ya no es solo una categoría; es algo que ya conoces desde adentro.
El yoga es mucho más que movimiento
Antes de hablar de los yamas como conjunto, vale la pena situar dónde viven dentro del mapa más amplio del yoga. Seguramente conoces el yoga por lo que más se ve: la práctica física, las posturas, lo que aparece en redes sociales. Y eso también es yoga.
Pero el yoga es mucho más que eso; es una aproximación a vivir la vida desde un estado de conciencia mayor.
Patanjali, uno de los grandes sistematizadores de esta tradición, describió un camino de ocho ramas conocido como el Ashtanga Yoga. Los yamas son la primera de esas ramas. Es decir, son el primer paso en el camino hacia esa conciencia más plena. No el único, pero sí el punto de partida.
Entonces, ¿qué son los yamas?
Los yamas son las normas éticas que guían nuestra relación con los demás y con el entorno. Son principios de conducta que invitan a una convivencia armoniosa, tanto en lo social como en lo personal. Y como te decía antes, la tradición los entiende como un sistema: se sostienen entre sí, se complementan, se iluminan mutuamente. Son cinco, y aquí te dejo un pequeño resumen de cada uno para que puedas verlos juntos, quizás por primera vez, después de haberlos conocido por separado.
Ahimsa — la no violencia**Nos invita a observar nuestras acciones, pensamientos y palabras para evitar el daño físico, emocional y psicológico, tanto hacia otros seres como hacia nosotras mismas. Vivir en ahimsa significa explorar la compasión, cultivar la empatía y respetar a todos los seres vivos.
Satya — la veracidad**Se refiere a vivir y comportarse de manera honesta en todos los ámbitos que habitamos. Eso sí, la verdad no puede violar el principio de ahimsa: no podemos escudarnos en la veracidad para maltratar al otro. Satya también nos pide coherencia entre pensamiento, palabra y acción. Cuando vivimos en la verdad, la vergüenza se disuelve y habitamos el mundo con una libertad distinta.
Asteya — el no robar**Nos pide vivir sin tomar lo que no nos pertenece, y eso incluye tanto objetos materiales como inmateriales: el espacio, el tiempo, la atención. Nos invita a reflexionar sobre el uso que hacemos de los recursos disponibles y a encontrar arraigo en la gratitud por lo que tenemos, en lugar de centrarnos en lo que percibimos que nos falta.
Brahmacharya — la moderación**Nos invita a vivir en el presente con una escucha atenta, lo que naturalmente nos aleja de los excesos. La vida en exceso nos embota, nos impide disfrutar, y es también una forma de escapar del momento que estamos viviendo. Sin silencios, sin espacios, es difícil conocerse a una misma.
Aparigraha — el no acaparamiento**Nos invita a vivir con desapego: disfrutar de lo que tenemos, pero soltarlo cuando llegue el momento. A no aferrarnos a lo que está y dejar espacio a lo que viene, porque al final lo único verdaderamente seguro es que el cambio es inevitable.
Los yamas no son reglas que se imponen desde fuera. Son, más bien, una invitación a mirarnos con honestidad y a preguntarnos cómo queremos habitar el mundo junto a otros.
Me gustaría saber qué resuena contigo de todo esto.
¿Hay algún yama con el que te identifiques más en este momento de tu vida, o quizás uno que sientas que te desafía especialmente? A veces el principio que más nos cuesta es el que más tiene que enseñarnos.
Déjame tu reflexión en los comentarios, me encantaría leerla. Y si crees que alguien en tu vida podría encontrar valor en este camino, comparte este post con esa persona.

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